La vida se desmorona en mis manos como arena seca. Pierdo el equilibrio, pierdo el sentido, pierdo la dirección. No hay destino, solo un vacío que se abre paso en cada paso que doy. Y en este abismo, me pregunto: ¿Podremos muchos de nosotros encontrarlo alguna vez?
No malgastes tu curiosidad en mí si no puedes ver lo que llevo dentro. Ya cargo con mis dudas, mis silencios, mis cicatrices abiertas; entre tanta guerra interna, es difícil soportar la incertidumbre ajena. Mi afecto no es moneda de cambio ni mi tiempo un salón de interrogatorios. Aprender a sostenerse a uno mismo es la única forma de no desaparecer.
En la conciencia del ser humano también habita la certeza de que vivir duele, de que hay un porcentaje inevitable de dolor que nos forma y nos acompaña: abrir los ojos cansa, moverse agota, incluso lo mínimo se siente demasiado. Hay días en que el dolor se instala sin permiso, constante, como una carga que atraviesa cada gesto y lo vuelve más lento. Entonces uno se rinde un rato, se queda en la cama, deja que el cuerpo y el alma descansen dentro de la herida. No es cobardía: es una pausa necesaria para no romperse del todo. Y cuando al fin nos levantamos, aunque sea tarde y a medias, esa elección, por pequeña que parezca, es ya una forma de rebelión contra el dolor que insiste en quedarse.
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