Nos educan en la cultura del trofeo a costa del vecino, convenciéndonos de que para que uno brille, los demás tienen que estar a oscuras.
Qué desgaste tan absurdo vivir mirando de reojo la casilla de al lado, midiendo si el otro avanza más rápido, si gana más o si celebra antes.
La envidia disfrazada de "competitividad sana" solo pudre la mente.
Nos han lavado el cerebro para que sintamos culpa cada vez que paramos a respirar.
La sociedad moderna ha convertido el agotamiento en una medalla de honor: cuanto más estresado estás, más importante pareces.
Te venden que si no estás produciendo las veinticuatro horas del día, estás perdiendo el tiempo.
Qué mentira tan destructiva. Descansar, no hacer nada o simplemente disfrutar de un café en silencio no es vagancia, es salud mental.
No destruyas tu vida construyendo un éxito que luego estarás demasiado roto para disfrutar.
Quien entiende de verdad su propio valor no necesita que nadie pierda para sentirse ganador.
La única comparación útil es la que haces frente al espejo para ver cuánto has mejorado respecto a quien eras ayer.
¡He dicho!