Hay días y días, y este es uno de esos en los que descubres que no estabas triste, estabas cansada... Cansada de entender a todo el mundo, cansada de justificar lo injustificable, cansada de dar más de lo que recibías, cansada de esperar cosas que nunca llegaban.
Y durante mucho tiempo pensaste que tenías que seguir intentándolo un poco más, un poco más de paciencia, un poco más de esfuerzo, un poco más de comprensión, un poco más de empatía...
Hasta que la vida te enseña algo que cambia por completo tu forma de mirar las cosas, y es que hay personas que mejoran cuando las amas y hay otras personas que simplemente se acostumbran a que las ames... Y no es lo mismo.
Porque mientras tú te vaciabas intentando demostrar cariño, ellas se acostumbraban a recibirlo, mientras tú hacías espacio para ellas, ellas nunca aprendieron a hacer espacio para ti, mientras tú comprendías, ellas nunca te comprendieron a ti.
Y entonces entiendes que el amor no debería sentirse como una lucha constante, ni como una espera eterna, ni como un examen que tienes que aprobar todos los días... El amor, en cualquiera de sus formas, debería de ser un lugar donde sentirse protegido, donde descansar, no donde agotarse, ni desgastarse...
Y quizá por eso algunas personas llegan a tu vida para enseñarte a dar, pero otras llegan para enseñarte algo todavía más importante: A dejar de dar donde nunca hubo intención de cuidar lo que entregabas.
Porque a veces la mayor muestra de amor propio no es insistir, es saber y entender cuando retirarse, y dejar de regar aquello que nunca florecerá realmente.