Hay algo que me llama la atención de los tiempos en los que vivimos... Parece que cuanto más muestras, más vales, cuanto más enseñas, más atención recibes, cuanto más expones, más "existes".
Y, sin embargo, cada vez estoy más convencida de que las cosas verdaderamente valiosas funcionan justo al revés, al menos con la gente correcta... Porque lo que más huella deja rara vez es lo que más se exhibe.
Una buena conversación vale más que cien fotografías en bañador, frente al espejo, sin camiseta, con poca ropa..., una mente interesante dura más que una imagen bonita, una persona con profundidad siempre termina destacando en un océano de superficialidad.
Quizá por eso nunca me han impresionado demasiado las personas que intentan llamar la atención constantemente...Me impresionan más las que no necesitan hacerlo, las que tienen contenido, valores, personalidad, criterio propio y una luz que no depende de la mirada de los demás para seguir brillando.
Porque atraer miradas es relativamente fácil... Lo difícil es despertar admiración, lo difícil es encontrar personas que, cuando hablan, te hagan pensar, que, cuando aparecen, te aporten paz, que, cuando se marchan, dejen un vacío bonito porque su presencia tenía valor de verdad.
La miel nunca llamó la atención por hacer ruido... La miel atrae porque tiene esencia... Y creo que las personas también.
Por eso, cuanto más vivo, más claro lo tengo. Prefiero ser recordada por lo que transmito más que por lo que enseño, por lo que aporto mas que por lo que aparento y por la huella que dejo en las almas, más que por los segundos que consigo captar una mirada.
Porque llamar la atención puede durar un instante... Pero dejar huella dura toda una vida.