Soy adicta de la tranquilidad...
De esa paz que cuesta años construir y apenas unos segundos perder.
También soy fanática de las conversaciones que despiertan neuronas dormidas, de esas que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan haciéndote ver la vida de una forma diferente, las que no se quedan en la superficie, las que se atreven a bajar un poco más abajo, donde vive lo auténtico.
Me gustan las personas que piensan, las que tienen criterio propio, las que cuestionan, las que sienten, las que sueñan y las que todavía conservan la curiosidad por aprender algo nuevo cada día.
Quizá por eso nunca me impresionó demasiado una apariencia, porque una cara bonita llama la atención un instante...
Pero una mente interesante puede quedarse para siempre.
Me seducen las personas genuinas, las que no viven pendientes de impresionar a nadie, las que no necesitan disfrazarse de algo que no son para sentirse valiosas, las que llegan siendo ellas mismas, y se quedan siendo ellas mismas.
Honestidad, lealtad y empatía... Esa es mi brújula, mi manera de orientarme en un mundo donde a veces sobran apariencias y faltan verdades.
Y cuanto más mayor me hago, más claro tengo que la vulgaridad no me interesa, que las máscaras me cansan y que hay personas que dedican demasiado tiempo a parecer algo, cuando podrían dedicarlo simplemente a ser.
A mí me conquista una risa sincera, de esas que salen sin permiso y contagian alegría, una conversación que te deja pensando horas después, una mirada que transmite paz, una persona capaz de ponerse en el lugar de los demás sin necesidad de vivir exactamente lo mismo.
Porque eso sí me parece extraordinario.
Y al final, cuando todo pasa, cuando las modas cambian, cuando la belleza envejece y cuando las apariencias dejan de impresionar...
Lo que permanece es otra cosa, la forma de tratar a los demás, la calidad de los pensamientos, la profundidad del alma...
Y la verdad...
Cada día tengo más claro que las personas más bonitas no son las que más enseñan... Son las que más tienen dentro.