Hay una manera de hacerse mayor que no tiene que ver con las arrugas, ni con los años que cumples, ni con las cosas que ya has vivido.
Tiene que ver con empezar a esperar siempre lo peor.
Con escuchar una buena noticia y buscar inmediatamente dónde está la trampa. Con conocer a alguien y pensar cuánto tardará en decepcionarte. Con recibir un gesto bonito y preguntarte qué querrá a cambio.
Entiendo de dónde viene. Cuando te has llevado unos cuantos golpes, aprendes a mirar dos veces. Dejas de confiar a ciegas, reconoces señales que antes pasabas por alto y te vuelves más cuidadosa con lo que permites entrar en tu vida.
Eso es experiencia.
Pero también existe el riesgo de que, intentando evitar que vuelvan a hacerte daño, termines sospechando incluso de lo que podría hacerte bien.
Que no disfrutes de alguien porque estás esperando que cambie. Que no te permitas ilusionarte con un proyecto porque ya imaginas cómo puede salir mal. Que te acostumbres tanto a protegerte que la tranquilidad te parezca sospechosa.
Y no quiero eso para mí.
Quiero aprender de lo que he vivido sin convertir cada experiencia en una profecía.
Quiero conservar el criterio, pero también la curiosidad. Saber que hay gente que decepciona sin asumir que todo el mundo lo hará. Reconocer los riesgos sin vivir instalada en ellos.
No voy a volver a ser la persona que era antes de algunas decepciones. Tampoco hace falta.
Pero me gustaría que lo vivido me enseñara a elegir mejor, no a cerrarme a todo.
Porque una cosa es tener los ojos abiertos.
Y otra muy distinta pasarme la vida mirando por encima del hombro.