A veces siento que vivo en una prisión...
Y lo más curioso es que nadie me encerró... Fui yo, piedra a piedra.
Con los miedos que nunca resolví.
Con las veces que me callé lo que necesitaba decir.
Con las decepciones que no supe colocar en su sitio.
Con todas esas historias que mi cabeza sigue repasando una y otra vez, como si pensar más fuera a cambiar lo que ya pasó.
Y qué agotador es eso...
Porque hay cárceles que no tienen barrotes.
Tienen pensamientos.
Y, a veces, son mucho más difíciles de romper.
Lo peor es que desde fuera nadie las ve.
La gente te pregunta cómo estás, tú respondes que bien... y mientras tanto libras una batalla que no hace ruido, pero que te deja sin fuerzas.
Creo que todos hemos vivido alguna vez ahí.
En ese lugar donde nuestra propia mente se convierte en el enemigo más difícil de vencer.
Hasta que un día pasa algo.
A veces es una conversación.
Otras veces un abrazo.
Una llamada.
Un libro.
Una canción.
O una persona que, sin saberlo, enciende una luz donde llevabas demasiado tiempo viendo oscuridad.
Y entonces entiendes algo...
Que pedir ayuda no es perder.
Que apoyarte en alguien no te hace más débil.
Y que, por mucho que tu mente quiera convencerte de lo contrario, no naciste para cargar con todo tú solo.
Por eso, si hoy sientes que también estás dentro de una de esas prisiones invisibles...
No dejes de buscar la puerta.
Porque existe.
Y si tú todavía no tienes fuerzas para encontrarla...
Quizá haya alguien muy cerca de ti que lleve la llave sin siquiera saberlo.
Y, quién sabe...
Tal vez hoy esta reflexión sea la forma de recordarte que no estás tan solo como a veces crees.
Si te sientes como yo aquí tienes un apoyo mis letras serán un abrazo 🫂