Llega un día en el que te cansas, pero no de un momento, te cansas de verdad, por dentro, y decides que ya está bien, que ya no quieres seguir sosteniendo lo que no te sostiene, que empiezas a vaciarte de lo que sobra, de lo que pesa, de personas que no suman, de historias que no llevan a ningún sitio.
Llega un día en el que pones límites sin tener que explicarlos, en el que entiendes que no todo el mundo tiene que entrar en tu vida, que no todo el mundo se queda, que no todo el mundo merece acceso a ti, porque ya te cansaste de dar vueltas en el mismo sitio, de chocar contra lo mismo una y otra vez.
Llega un día en el que dejas de pelearte con lo que no cambia, en el que entiendes que no eres un capítulo suelto en la vida de nadie, que eres tu propia historia, completa, con todo lo que eso implica, que no estás para ocupar segundos planos, que tu lugar es otro, y lo empiezas a sentir de verdad.
Llega un día en el que asumes que si algo se rompe, no siempre se recupera, que a veces toca seguir incluso sin lo que pensabas que era imprescindible, que miras hacia abajo solo para saber por dónde pisas, no para quedarte ahí, que empiezas a elegir mejor, a ver más claro, a entender quién sí y quién no.
Llega un día en el que todo encaja un poco más, en el que descubres cosas que antes no veías, personas que estaban y no habías sabido mirar, en el que te das cuenta de que no perdiste tanto como pensabas, que hay quien se fue… pero también hay quien no supo quedarse.
Y llega ese momento, sin ruido, sin aviso, en el que te miras y lo ves claro, que vales, que eres mucho más de lo que dudaste, que todo lo que pasaste también te trajo aquí, y empiezas a brillar, no para que te miren, sino porque ya no sabes hacerlo de otra manera, y quien lo entienda se queda… y quien no, simplemente no tiene cabida en tu vida... Y decides colgar el cartel de "RESERVADO EL DERECHO DE ADMISION".