La gente sabe perfectamente lo que hace. No tropieza, empuja. No se equivoca, elige. Y luego nos venden que hay que poner la otra mejilla, sonreír y seguir como si nada, como si fuéramos almas caritativas haciendo el tonto mientras otros prueban hasta dónde aguantamos.
¿Perdonar para ser mejores? No, gracias. Eso lo inventó alguien muy cómodo con la culpa ajena y el beneficio propio. Perdonar sin responsabilidad es barra libre para repetir la jugada, y encima pretenden que aplaudas el espectáculo.
Así que no, no es rencor, es memoria. No es odio, es dignidad. Porque quien te dañó sabía lo que hacía… y yo ya no colecciono excusas ajenas ni santos de cartón. Aquí se aprende, se pone límite y se sigue. Sin bocadillos robados. Sin cuentos.
¡Que vivan las malas mujeres! Las de verdad, las que sienten cada latido, las que gritan hasta quedarse sin voz, las que lloran y luego se ríen como locas.
Las que disfrutan siendo auténticas, sin pedir permiso.
Me gusta la gente que habla de frente, directo y con huevos. Nada de rodeos ni tonterías. Si tienes algo que decir, dilo sin miedo, porque la vida es demasiado corta para andar con sutilezas. ¡A dar la cara
Que nadie te ponga frenos. Sé como te dé la gana o, como diría mi abuela (que seguro me escucha desde el más allá), ¡tú puedes ser la mujer que te salga de los ovarios! ¡A romperla!
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