Hay gente que cruza líneas con una facilidad alarmante,
como si el daño ajeno no tuviera peso
y la traición fuera parte de su rutina diaria.
Esos… no tienen perdón ni redención.
Son los que hacen y deshacen sin medir consecuencias,
los que hieren “sin querer”,
los que rompen vidas mientras se justifican
con discursos baratos de víctima profesional.
A esos les encanta jugar con el corazón ajeno,
pero cuando les toca responder…
se esconden detrás de excusas que ya ni ellos creen.
Y luego vuelven, claro,
con cara de arrepentimiento tardío,
creyendo que una frase bonita puede arreglar
todo lo que destrozaron.
Pero no: hay actos que no se lavan,
hay heridas que hablan solas,
y hay personas que, simplemente,
no tienen perdón ni redención.
Porque quien disfruta hundiendo, mintiendo, o manipulando,
quien se alimenta del dolor que deja atrás…
no merece una segunda oportunidad.
No merece explicación.
No merece absolución.
Conmigo quien quiera…
porque soy leal, intensa y doy de verdad.
Pero aviso: no soy para blanditos, ni para cobardes emocionales, ni para los que juegan a medias y luego lloran cuando se les cae el teatro.
Contra mí quien pueda…
porque no grito, no persigo y no suplico.
Yo observo, aprendo y cuando me levanto ya es tarde para arrepentimientos. No compito, sentencio con indiferencia… que duele más.
Así que elige bien tu papel.
Aliado o espectador, porque enemigo…
eso requiere nivel, huevos y personalidad.
Y de eso, cariño, no anda sobrado cualquiera.
Es así de simple:
hay seres que viven sembrando tormentas
y luego lloran cuando les llueve encima.
Y aun así pretenden piedad.
Pero no, para ellos no la hay:
no tienen perdón ni redención.
Y la vida, que siempre cobra, será quien les pase la factura final.
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