Durante mucho tiempo pensé que había algo raro en mí, porque nunca me han atraído demasiado las fiestas llenas de gente ni los lugares donde todo es ruido y aglomeración, veía a los demás disfrutar de eso y creía que quizá yo no sabía encajar del todo.
Con los años he entendido que no era nada de eso, simplemente soy una persona que disfruta más de la calma, de los espacios tranquilos, del silencio que a veces tanto bien hace y que permite escucharse por dentro.
Eso no significa que no me guste la gente, al contrario, me encanta compartir tiempo con personas, pero con pocas, con las que de verdad aportan, con las que se puede hablar, reír y sentirse en casa sin necesidad de grandes escenarios.
Hoy sé que no necesito multitudes para sentirme parte de algo, porque cuando una aprende a estar bien consigo misma, la compañía se elige de otra manera: menos cantidad, más verdad, más paz.
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