Me gusta el silencio, creo que tiene algo especial… algo que no sé explicar del todo pero que me calma. Es como si me diera permiso para simplemente ser, sin tener que demostrar nada, no hace preguntas incómodas, no espera respuestas, no exige, solo está, me acompaña en esos momentos en los que me pierdo en mis pensamientos, en mis viajes mentales, esos que a veces ni yo entiendo del todo, no me juzga, no me acelera... Me deja respirar.
Por eso disfruto tanto de la meditación, no porque sea experta ni porque siempre consiga vaciar la mente (a veces es todo lo contrario), sino porque en ese ratito encuentro un espacio que es solo mÃo, un lugar dentro de mà donde no hay ruido del mundo ni expectativas... Me siento y simplemente estoy. A veces me desordeno ahà dentro, otras veces me encuentro, pero siempre consigo escucharme.
Y es que en un mundo tan ruidoso, donde todo el tiempo estamos contestando mensajes, corriendo, reaccionando, trabajando... el silencio se ha vuelto mi refugio. No es ausencia de cosas, es presencia de paz, que es diferente. Tal vez por eso lo valoro tanto, porque me recuerda que puedo parar, que no todo tiene que ser entendido, dicho o solucionado. A veces, solo hay que sentir y estar.
Quizás por eso cada vez busco más esos momentos donde el silencio me abraza, aunque sea un ratito. Porque en medio de todo lo que me pasa, de todo lo que soy y lo que intento ser, necesito ese espacio donde no tengo que rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a mà misma. Solo cerrar los ojos, respirar hondo y recordar que, aunque todo se mueva afuera, yo también tengo un lugar donde todo puede quedarse quieto un momento. Y ese lugar, muchas veces, empieza en el silencio y siempre en mi..
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