Me conozco perfectamente… sé muy bien de qué estoy hecha, aunque a veces desde fuera no se note. Estoy hecha de cicatrices que aprendieron a caminar erguidas, de golpes que no pudieron romperme, de silencios tragados, de noches reconstruyéndome sola, de lágrimas que nadie vio y de una fuerza que nació justo donde más me dolía.
Hay días en los que soy hormigón armado, imposible de mover aunque el mundo tiemble alrededor, y otros en los que soy vidrio soplado… aparentemente fuerte, pero tan sensible que una sola palabra puede atravesarme por dentro.
También tengo algo de fuego, de uranio y plutonio emocional, porque cuando algo me importa de verdad lo siento intensamente, para bien y para mal, y cuando me decepcionan… ardo.
Hay cosas que ya no me afectan porque aprendí a poner distancia, a entender que no todo merece mi energía, que no todas las batallas necesitan mi presencia, que no todas las personas tienen acceso a mí.
Otras, en cambio, todavía consiguen destruirme un poco, porque por mucho que una se haga fuerte, hay heridas que siempre encuentran el mismo sitio donde doler.
Y luego están esas otras cosas… las que directamente destruyo yo, sin culpa y sin mirar atrás, porque llega un momento en la vida en el que entiendes que proteger tu paz también es una forma de amor propio.
Y sí… soy todo eso junto, fuerza y sensibilidad, calma y explosión, refugio y tormenta… pero sobre todo soy alguien que, después de todo, sigue aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario