Donde no hay, no se puede pedir; y, además, es imposible. No podemos educar a quien nunca se ha preocupado por hacerlo. Es cierto que nos educan en casa, pero también nos educamos a nosotros mismos a lo largo de la vida, tanto en lo personal como en lo intelectual.
Hay quien prefiere gastar el dinero en clases de pádel porque quizá le hagan sentir que tiene cierta clase, cuando ese mismo dinero sería mucho más productivo invertido en libros que verdaderamente cultiven y enriquezcan su cerebro.
Después vamos por la vida apáticos, quejándonos de los desengaños amorosos, de que «las mujeres son así o asá»… Normal, si tu convicción es que el principal interés de una mujer está en tu cartera y, al mismo tiempo, tú afirmas interesarte por su cerebro. La contradicción resulta evidente: si alguna vez te cruzaras con una mujer verdaderamente inteligente, probablemente solo quedaría aún más en evidencia lo pusilánime que eres.
Si tu objetivo es terminar sola, amargada y rodeada de aplausos falsos, la receta es facilísima: no escuches jamás a quien te quiere de verdad, confunde a la gente servil con amigos leales y culpa a tu signo zodiacal de tus malas decisiones.
Asegúrate de tratar las relaciones como si fueran contratos de alquiler con cláusulas abusivas y, sobre todo, no se te ocurra mirarte al espejo con honestidad.
Es fascinante ver cómo hay quien invierte noventa años de existencia en perfeccionar la técnica de tropezar exactamente con la misma piedra mientras le echa la culpa al empedrado.
He dichoooooo!
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