Te pedí un poco de sal y tú sacaste la pimienta.
'No, no, quería sal', te dije. 'Solo le falta un poquito y estará perfecto'.
Entonces me diste una servilleta. Después un vaso de agua, otro tenedor, un plato más grande, pan recién cortado y todas las especias que encontraste en la cocina: romero, tomillo, orégano, canela.
Las pusiste frente a mí, una detrás de otra, como si la cantidad pudiera corregir que ninguna fuera sal.
'¿Qué más quieres?', preguntaste. 'Te estoy dando todo'.
Y era verdad. Me dabas de todo, menos lo que te pedía.
Volví a preguntarte por la sal, y me trajiste el postre.
Volví a preguntarte por la sal, y llenaste mi copa.
Volví a preguntarte por la sal y empezaste a enumerar todo lo que habías puesto encima de la mesa, hasta que la palabra 'sal' empezó a parecerme enorme. Exigente, desagradable, imposible.
Así que probé la comida y dije que estaba buena. Aunque faltara algo. Aunque yo supiera qué. Aunque el salero estuviera justo en tu mano.
A veces todavía me pregunto si pedí demasiado. Pero no, yo solo quería una pizca de sal.
Pero tú habrías vaciado la cocina entera antes de escucharme...
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