No todos llegan para quedarse.
Algunos solo pasan, hacen ruido, confunden… y se van.
Por eso, cuando encuentras a alguien que no huye cuando te ve cansado,
eso ya dice algo.
Una pareja real no se construye en los días buenos.
Ahí cualquiera sonríe.
Se forja cuando el carácter pesa más que el encanto,
cuando las heridas hablan más fuerte que las promesas,
cuando el león baja la guardia sin miedo a ser traicionado.
No necesitas a alguien que te empuje todo el tiempo.
Necesitas a quien camine a tu lado,
que entienda tus silencios,
que no te pida que seas menos para sentirse más.
La pareja que vale
no apaga tu fuego para dormir tranquila.
Aprende a calentarse con él.
Es quien te sostiene cuando dudas,
pero también quien te suelta la mano cuando sabe
que debes pelear solo.
Apoyo no es dependencia.
Apoyo es respeto.
Cuando encuentras a alguien que cree en ti
incluso los días en que tú no puedes,
cuando no te reclama la oscuridad,
sino que se queda ahí,
mirándote a los ojos hasta que recuerdas tu fuerza…
Eso no es coincidencia.
Es alianza.
Y una alianza así
no se grita,
no se presume,
no se explica.
Se cuida.
Se honra.
Se defiende.
Porque en un mundo lleno de ruido,
tener a alguien que apoye su frente en la tuya
y te diga sin palabras: “aquí estoy”,
es una forma silenciosa de vencerlo todo.
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