Se ha puesto de moda vender la idea de que la enfermedad, la pobreza o la tristeza son solo "cuestiones de actitud".
Te dicen que si estás mal es porque no "vibras alto" o porque no deseas lo suficiente tu propia recuperación.
Qué crueldad tan sutil disfrazada de luz. Hay batallas dolorosas, pérdidas irreparables y situaciones injustas que no se arreglan con sonrisas de catálogo ni afirmaciones frente al espejo.
Acompañar a alguien no es imponerle tu alegría de plástico, es saber estar a su lado en la sombra, en silencio y respetando su dolor sin juzgarlo.
Con la prisa y las exigencias diarias, es facilísimo olvidarse de las cosas que de verdad nos recargan por dentro. De hecho casi siempre o siempre lo que dejamos para otra ocasión se convierte en un nunca.
A veces nos desconectamos de lo que nos apasiona solo porque "no hay tiempo", y descuidamos esos pequeños ritos que nos devuelven la vida: una canción escuchada con atención, unos minutos al sol, escribir sin filtro o reconectar con lo que nos hace ilusión de verdad.
No dejes para luego lo que te llena el alma; volver a lo tuyo no es un lujo, es una necesidad.
Date ese momento, ese espacio, ese abrazo tan hermoso.
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