Está de moda ir de vuelta de todo. El cínico de turno que se burla de quien se ilusiona, de quien emprende, de quien ama con intensidad o de quien lucha por una causa con pasión.
Qué postura tan fácil y tan cobarde. Es facilísimo quedarse en la barrera cruzado de brazos, soltando comentarios mordaces sobre el trabajo de los demás para parecer el más listo de la clase.
Lo difícil, lo revolucionario en estos tiempos, es apostar por algo, poner el alma en la mesa, arriesgarte a que te salga mal y levantarte para volver a intentarlo.
El cinismo es el refugio de los que se rindieron antes de empezar.
Nos hemos vuelto adictos a vender una vida pulcra, con casas que parecen museos, relaciones sin un solo grito y mañanas de meditación perfecta a las cinco de la mañana.
Qué cansancio de tanta mentira plastificada.
La vida real es desordenada, huele a café refrito, tiene manchas de salsa en la camiseta y días en los que no tienes ganas ni de peinarte.
Presumir de una perfección que no existe solo sirve para acomplejar a los vulnerables y engordar tu propio ego.
Prefiero un desastre honesto con verdad y cicatrices que un palacio de cera que se derrite al primer golpe de calor.
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