2017/08/13

Ganimedes, el enamorado de Júpiter.

Casi todo el mundo conoce que el dios supremo del Olimpo tuvo como esposa legítima a su hermana Juno (Hera para los griegos), pero que mantuvo innumerbles relaciones amorosas con otras diosas y mortales. Lo que pocos saben, es que este dios tan ligón, tuvo también un amor masculino. Sin embargo, No se puede hablar de homosexualidad ni bisexualidad en la cultura griega, por que estos términos no existían, ni en su lengua ni es su concepto del mundo.







Pues bien, Júpiter (Zeus para los griegos) se enamoró perdidamente de un chico muy hermoso, de un príncipe de la ciudad de Troya, llamado Ganímedes. Éste era hijo del todopoderoso rey Laomedonte, abuelo del famoso Héctor y Paris. Un día el muchacho estaba en el monte Ida, cerca de Troya, cuando Júpiter (Zeus) transformado en águila lo raptó y se lo llevó a su palacio del Olimpo para que le serviera como copero en los banquetes. Júpiter (Zeus), para recompensar a su padre Laomedonte de la pérdida de su hijo, le regaló dos caballos tan veloces que podían corres por el agua.



Más tarde, Júpiter (Zeus) colocó entre las estrellas a Ganímedes, que se convirtió en la constelación de Acuario ( "aquarius" en latín significa "copero", "el que echa el agua") y también el águila en la que transformó el propio dios quedó convertida en la constelación del mimso nombre (Aquila ).





Aquí tenemos algunas imágenes de Júpiter transforamdo en águila raptando al joven Ganímedes:

Mosaico romano que representa el rapto de Ganimedes. Museo de Sousse.





El rapto de Ganimedes. Óleo de Eustache Le Sueur. 1650.


Ganimedes, de Correggio (1531).

Ganimedes y el águila de Bertel Thorvaldsen, 1817.

También en su honor se llama Ganímedes a uno de los cuatro satélites mayores del planeta Júpiter:

Júpiter y Amaltea.


Si nos levantamos muy pronto, antes de amanecer, y miramos hacia el Sureste podremos ver una estrella muy brillante que no parpadea como las demás y tiene un resplandor muy intenso. Pues bien, eso no es una estrella, es un planeta, Júpiter, el mayor del Sistema Solar. Además, si cogemos unos prismáticos veremos que alrededor de él hay unos putitos pequeñitos, son sus satélites mayores, llamados también galileanos, porque fue Galileo Galilei el que los descubrió en 1610.


Este planeta, ya que es el mayor de todos, recibió el nombre del dios más importante de la mitología clásica: Júpiter (Zeus para los griegos). Sus satélites reciben el nombre de algunos de sus amantes o de personajes relacionados con este dios. Así, los cuatro satélites mayores poseen el nombre de Ío, Europa, Ganímedes y Calisto. En futuras entradas de este blog iremos hablando de la historia mitológica y las representacioens artísticas de cada uno.

La palabra "Júpiter" procede del latín Iuppiter, Iupiter, (genitivo Iovis) y este del preclásico *Ious (del protoindoeuropeo *dyew- ("brillar")) combinada en el nominativo y vocativo con pater, del protoindoeuropeo *ph₂tḗr ("padre"). De esta palabra también tenemos "jueves", del latín Iovis dies ("el día de Júpiter) y "jovial" ("del caracter del dios Júpiter", es decir, "alegre, festivo, apacible". )

En otras lenguas tenemos palabras derivadas de este dios:

Iovis dies (jueves):
Catalán: dijous
Corso: ghjovi
Francés: jeudi
Gallego: xoves
Interlingua: jovedi
Italiano: giovedì
Judeoespañol: djueves
Occitano: dijòus
Rumano: joi
Sardo: gióbia

En las lenguas germánicas el dios Júpiter se asimiló con su dios del trono Thor.Así pues, tradujeron la denominación latina "día de Júpiter" por "día de Thor"( = jueves):

Alemán: Donnerstag
Danés: torsdag
Inglés: Thursday
Neerlandés: donderdag
Noruego bokmål: torsdag
Sueco: torsdag

En griego y en portugués los días se nombran por números ordinales y no por dioses. De esta manera, ya que el jueves es el quinto día de la semana si comenzamos el domingo, en estas lenguas el jueves recibe estas denominaciones:

Griego: Πέμπτη (Pémptī)
Portugués: quinta-feira


Los satélites menores de Júpiter sólo se pueden observar a través de un telescopio. Se divden en dos grupos: el grupo de Amaltea, formado por cuatro pequeños satélites que orbitan entre Júpiter y los satélites mayores: Metis, Adrastea, Amaltea y Tebe. Y el grupo de satélites irregulares con órbitas muy lejanas al planeta., de los que todavía 23 no tienen nombre.

Hoy nos ocuparemos de la historia de Amaltea. Según cuenta la mitología clásica, el dios Saturno (Crono para los griegos) comenzó a devorar a los hijos que tenía con su esposa Cibeles (Rea para los griegos) porque temía que uno de ellos lo destronase como había hecho él con su padre Urano. La diosa Cibeles muy preocupada porque veía que se quedaba sin ningún hijo, tramó un plan para burlar a su esposo Saturno. Cuando tuvo a su sexto hijo, entregó a su marido una piedra envuelta en pañales. Saturno se tragó la piedra pensando que se había comido ya a su último hijo. Pero Cibeles cogió al pequeño, a quien llamó Júpiter (Zeus para los griegos), y se lo llevó a la isla de Creta. Allí lo ocultó en una cueva y le encargó a una cabra llamada Amaltea que fuera su nodriza. Amaltea viene del griego antiguo Ἀμάλθεια, de άμαλος, "tierno", "ternura". De esta manera Júpiter fue criado por la cabra Amaltea y cuando se hizo mayor tomó un brevaje mágico y se lo dio a su padre Saturno. Éste vomitó a sus cinco hermanos que junto con Júpiter declararon la guerra a su padre.

Aquí podemos apreciar a la cabra Amaltea en la pintura Infancia de Zeus, de Jacob Jordaens en el Museo del Louvre:

En esta escultura de Bernini vemos a Júpiter con la cabra Amaltea y un fauno:


El satélite Amaltea es el tercer satélite de Júpiter en orden de distancia, y el miembro principal del Grupo de Amaltea. Fue descubierto el 9 de septiembre de 1892 por el astrónomo estadounidense E. E. Barnard desde el observatorio Lick de la Universidad de California. Su aspecto es el siguiente.

CEMENTERIO, EL DORMITORIO




Aunque parezca extraño la palabra "cementerio" significaba en griego "dormitorio", en griego: "koimeterion". Esta palabra fue introducida por los cristianos que no utilizaban la palabra clásica "necrópolis" (= "ciudad de los muertos") porque creían que los muertos sólo "dormían" esperando la resurreción.



La palabra "koimeterion" pasó al latín "coemeterium" y al latín vulgar "cemeteriu" y de ahí en castellano "cementerio" con la introducción de una "n" ya que esta palabra se relacionaba falsamente con "caementa" ("piedra cuadrada" en latín).



En otras lenguas tenemos palabras de idéntica etimología:



Inglés: cemetery
Catalán: cementiri


Francés: cimetière


Gallego: cemiterio


Italiano: cimiterio


Portugués: cemitério


Rumano: cimitir

2017/07/10

El tercer estante a la izquierda

Era temprano, las calles empezaban a desperezarse al ritmo de las primeras pisadas y la tienda aún estaba vacía. El maestro preparaba los encargos del día cuando la campanilla de la puerta dio la bienvenida al primer comprador, que titubeante, se quedó mirando la mercancía.
Yo por ese entonces vivía en el tercer estante a la izquierda. Hasta ese momento mis servicios habían sido los de muñeco de vudú en práctica pero por cualquier razón el maestro creyó que ya estaba preparado y me vendió a aquel inseguro cliente.
Cruzamos varias calles hasta llegar a mi nuevo hogar, una casa que te podía arrancar la sombra con tan solo mirarla. Una vez dentro, marcó sobre mi piel de tela los puntos donde colocaría las agujas. Al otro lado se encontraba la víctima con quien yo tenía que conectar, y aunque no era necesario tenerla cerca, el efecto siempre era mejor si lo estaba. Cuando el ritual comenzó, los gritos contiguos hicieron de mí un verdadero muñeco de trapo en el que mis sentimientos se descosían con cada pinchazo y mi mente al deseo de volver al tercer estante a la izquierda.
El resonar del bucio
El abuelo siempre dormía con una caracola sobre la mesilla de noche. Se la regaló su padre el día que partió al viejo continente para ocupar un puesto en una de las minas de fosfato, con la promesa de que soplara por uno de los extremos cada vez que lo echara de menos y él, atento a la señal y a pesar de los kilómetros, le devolvería el estruendoso mugido con otra caracola. Al instrumento lo llamaban bucio y aunque yo pensaba que solo servía para oír el mar, el abuelo me enseñó sus otras utilidades. Decía que era mágico y fue en las noches frías bajo las faldas de Tibesti donde comprobó el poder. Para verlo bastaba con pensar en algún recuerdo mientras lo hacías sonar e instantáneamente la imagen se proyectaría en las nubes.
Cuando dejó de tener memoria para soplarlo, yo empecé hacerlo por él. Mis imágenes nunca fueron tan potentes y lo único que conseguía era que de sus orificios saliera un colorido líquido viscoso.
El día que el abuelo murió, mi cuerpo despertó frío y con lluvia. Después de su entierro caminé hasta nuestra montaña favorita, y con el bucio en la mano soplé con todas mis fuerzas. El sonido se alargó por toda la ladera hasta mezclarse con el cielo, y entonces, ocurrió que volví a ver al abuelo poniendo barquitos de pan en la sopa, cortando las malas hierbas, afeitándose en la vieja palangana. Siempre mirándome, siempre reconociéndome.

Lidia sería una chica normal


Lidia tiene diecisiete años, la conozco desde los trece.
Le gusta las series ánime, aprende chino por su cuenta, dice que siempre está en continua conexión con la naturaleza, lee libros de biología nivel universitario y su libro favorito es Kafka en la orilla.
Se levanta a las seis de la mañana para regar sus veinte mil plantas mientras les cuenta su vida porque siente que son las únicas que la comprenden. 
Lidia sería una chica normal a la vista de casi todos si no tuviera Asperger.

-Hola, ¿qué te pasa profe?
-Nada
-Sí te pasa, te noto triste. 
-Anda calla y vete a buscar las fotocopias. 
-No quiero dejarte sola.

Y Lidia que no toca a nadie nunca, me cogió de la mano por primera vez en su vida, en nuestras vidas. 
Lidia sería una chica normal, menos mal que no lo es.

Rupturas


Mi tercer amor me dejó el 31 de diciembre. No quería gastar ni un solo beso más para el año siguiente. Al menos en mí. Ni besos, ni amor, después de 3 años lo único que quedó fue un estúpido anillo en mi dedo. Un estúpido anillo de un tío que me lo dio de la forma más cutre. Y mira que lo tenía fácil el imbécil. 

-Toma
-¿Qué es? 
-Ábrelo, por fin tienes tu anillo.

Y yo de tonta me emocioné y hasta le di un beso. 

Pero ese día sabía lo que iba a pasar y por eso lo llevaba guardado en el bolso en la misma caja que lo recibí. No hubo dramas, no es mi estilo y cuando se fue, me acerqué al mar, y lo tiré. El tirarlo no arregló nada porque se quedó flotando el muy imbécil, balanceándose entre las olas como divertido de ser, él también, libre. Sin embargo seguía en mi dedo aunque ya no estuviera, anillada como un pájaro aunque no lo tuviera. Incluso creía verlo. Lo notaba, y con el resto de mis dedos no hacía más que acariciar el hueco cortado que me había quedado. Y cómo dolía. Muchos meses después seguía colocándomelo bien sin darme cuenta, y teniendo miedo de que se me cayera al bañarme o al ponerme crema. Mi pobre dedo incompleto echando de menos a su órgano fantasma. Pasó tiempo hasta que la sensación se me borró por completo. Ahora tengo otro, me lo regalé yo, mi dedo con una prótesis nueva, feliz porque sabe que esa nunca se irá.