Soy una persona bastante tranquila. De hecho, me gusta más invertir mi energía en vivir que en discutir, más una conversación de verdad que una guerra de orgullos y más la tranquilidad que los dramas innecesarios... Suelo intentar entender a la gente, dar margen, escuchar versiones y pensar que todos tenemos días malos, pero hay algo que nunca he sabido hacer bien: tolerar la falta de respeto.
Porque una cosa es equivocarse y otra muy distinta confundir mi educación con debilidad, mi paciencia con ingenuidad o mi amabilidad con falta de carácter. Y qué curioso... muchas personas solo valoran ciertas cosas cuando dejan de tenerlas delante... Mientras estás, creen que siempre estarás, mientras das, creen que siempre darás, mientras comprendes, creen que siempre comprenderás... hasta que un día descubren que incluso las personas más pacientes tienen límites.
Soy leal con quienes quiero, generosa con quien se lo merece y capaz de mover cielo y tierra por las personas que ocupan un lugar importante en mi vida, pero cuando la decepción sustituye al cariño, cuando la falta de respeto aparece donde antes había confianza, algo cambia. No porque deje de sentir, sino porque empiezo a entender que no todo el mundo merece el mismo acceso a mi tiempo, a mi energía y a mi corazón.
No monto escándalos, no preparo venganzas y no hago ruido... simplemente dejo de estar. Y ahí suele llegar la parte que algunos no esperan, porque recuperar la confianza de alguien noble siempre es mucho más difícil que perderla.
Hay puertas que se cierran con un portazo, pero hay otras que se cierran en silencio... y son precisamente esas las que casi nunca vuelven a abrirse. Porque cuando una persona ha dado de verdad, ha tenido paciencia de verdad y ha querido de verdad, no suele marcharse por un error, suele marcharse después de demasiados.
Así que sí, soy tranquila hasta que me faltan al respeto, amable hasta que me toman por tonta y leal hasta que me decepcionan. Después de eso no me convierto en tu enemiga, ni pierdo el tiempo intentando devolverte el daño... Simplemente aprendo la lección, cierro la puerta y sigo caminando.
Y créeme... hay ausencias que terminan convirtiéndose en recuerdos muy difíciles de recuperar.
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