Cada mañana empieza más o menos igual... Una taza de café entre las manos, el silencio de los primeros minutos del día, una ventana que se abre y una brisa que entra sin pedir permiso, recordándome que sigo aquí, que tengo una nueva oportunidad para vivir, para sentir, para equivocarme, para aprender y para seguir creciendo.
Y mientras el mundo despierta, yo también lo hago...
Me miro al espejo y ya no busco la perfección que tantas veces me exigí, ahora busco algo mucho más importante: reconocerme... Reconocer a la mujer que ha sobrevivido a días que nadie imaginó, a despedidas que dolieron más de lo que confesó, a decepciones que la hicieron tambalear y a heridas que tardaron años en cicatrizar.
Porque la vida no siempre ha sido amable, pero aun así sigo aquí, con algunas cicatrices más, sí, pero también con más fuerza, más conciencia y más verdad.
He aprendido que la verdadera belleza no está en la ausencia de heridas, sino en la forma en que seguimos caminando a pesar de ellas.
También he aprendido a ser selectiva, no porque me crea mejor que nadie, sino porque entendí que el tiempo es demasiado valioso y el alma demasiado frágil para entregarlos a cualquiera.
Ya no me impresionan las palabras bonitas.
Me impresionan los hechos, las personas que cumplen lo que prometen, las que están cuando dicen que estarán, las que cuidan sin hacer ruido, las que suman paz en lugar de confusión... Por eso mi círculo es pequeño.
Porque prefiero pocas personas de verdad que muchas de paso, prefiero una conversación sincera a cien conversaciones vacías, prefiero una presencia auténtica a mil apariencias.
Y si digo "te quiero", es porque lo siento, porque las palabras importantes nunca deberían gastarse.
Tengo carácter, claro que sí.He aprendido a decir que no, a poner límites, a alejarme de lo que me rompe y a quedarme donde me siento en paz, y quizá esa sea una de las formas más bonitas de amor propio.
Elegir bien quién entra en tu vida y quién no.
Porque no todo el mundo merece un lugar en aquello que tanto te costó reconstruir.
Y así pasan mis días, intentando aportar algo bueno a quienes me rodean, aprendiendo, creciendo, equivocándome a veces, acertando otras, pero siempre intentando ser fiel a quien soy... Ni mejor ni peor que nadie,simplemente yo.
Y todas las mañanas, cuando vuelvo a abrir la ventana y el aire fresco vuelve a acariciarme la cara, recuerdo algo que la vida me ha enseñado después de tantas tormentas: Que la felicidad no era llegar a convertirme en alguien diferente.
La felicidad era volver a encontrarme a mí misma y sentirme orgullosa de la mujer en la que me he convertido.
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