Cuántas veces los daños del pasado terminan convirtiéndonos, sin querer, en personas que en realidad no somos, cuántas veces una decepción mal curada nos vuelve fríos con quien no lo merece, desconfiados con quien llega con la verdad, distantes con personas buenas que solo intentaban cuidarnos.
Y qué injusto es cuando pagan justos por pecadores... Porque hay heridas que no desaparecen cuando termina la historia que las provocó, se quedan dentro, escondidas, condicionando cómo miramos, cómo sentimos, cómo reaccionamos, cómo amamos.
Y entonces empiezan los miedos, el autosabotaje, las dudas constantes, las ganas de salir corriendo incluso cuando por fin alguien te trata bonito.
A veces ni siquiera reaccionamos contra la persona que tenemos delante, reaccionamos contra todo aquello que nos hicieron antes,contra abandonos, las mentiras, las manipulaciones, los silencios, las promesas rotas... Dolores que aún siguen vivos aunque haya pasado el tiempo.
Y sin darnos cuenta levantamos muros donde quizá solo hacía falta calma, cariño y paciencia.
Pero también llega un momento en el que uno entiende que no todo el mundo viene a hacer daño, que todavía existen personas capaces de cuidarte sin romperte, de quedarse sin confundirte, de darte paz en lugar de ansiedad... Personas que, con pequeños gestos casi invisibles, te recuerdan cada día que ya no estás solo, que no tienes que sobrevivir todo el tiempo, que puedes volver a confiar despacio, volver a sentir bonito, volver a ser tú sin miedo.
Y quizá sanar también sea eso… Dejar de vivir defendiéndote de todo, volver a reconocer tu valor y permitir que las personas buenas no paguen las heridas que dejaron otras... Porque cuando alguien llega con verdad, con luz y con buenas vibras de las de verdad… el alma lo nota.
No hay comentarios:
Publicar un comentario