Creo que la sociedad está cada vez más enferma, o quizá más desconectada de lo esencial, y lo más triste es que a veces parece que ya casi nadie se detiene a mirarlo de verdad.
Cada vez escucho más preguntas tipo “A qué te dedicas?”, pero no siempre desde la curiosidad genuina de conocer a alguien, sino desde la necesidad de encajarle un valor, una etiqueta, una medida de respeto que muchas veces depende más del dinero, del estatus o de lo que aparentas que de quién eres realmente.
Y sin quererlo, acabamos entrando en ese juego... Un juego donde el valor de alguien parece depender del trabajo, del dinero, del estatus, de lo que enseña, de lo que consigue… como si eso fuera lo que realmente define a una persona.
Nos han hecho pensar que somos libres, pero vivimos condicionados por lo que tenemos, por lo que mostramos, por lo que otros ven de nosotros.
Buscamos validación en redes sociales, contamos likes como si fueran abrazos reales, medimos momentos en pantallas, y a veces terminamos construyendo versiones de nuestra vida que no existen del todo, solo para encajar en una imagen que tampoco es real y con personas que ni siquiera nos conocen.
Y en medio de todo eso, lo auténtico se va perdiendo...
Me niego a seguir alimentando esa realidad. Cada vez siento más clara una especie de rebeldía interna, una necesidad de salir de ese juego donde todo parece estar diseñado para el ego, para la comparación, para la apariencia.
Porque el valor de una persona no debería medirse por lo que tiene, sino por cómo trata, cómo siente, cómo respeta, cómo se relaciona con los demás cuando nadie está mirando.
Quizá lo más revolucionario hoy en día no sea destacar, sino ser real.
Y tal vez ha llegado el momento de dejar de pedir permiso para ser uno mismo, de dejar de encajar donde no hay verdad, de simplemente ser... sin máscaras, sin comparaciones, sin miedo... Con todas las consecuencias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario