A veces pienso que hemos complicado demasiado el amor...
Como si querer a alguien tuviera que significar tenerlo siempre cerca, saberlo todo, compartirlo todo... cuando quizá amar también sea saber dejar espacio para que la otra persona siga siendo ella misma.
Porque cuando quieres de verdad a alguien... no quieres convertirlo en lo que necesitas.
Quieres conocer quién es.
Con sus cosas buenas, sus miedos, sus manías, sus silencios y hasta esas partes que a veces ni ella misma sabe explicar.
Y supongo que ahí está una de las partes más bonitas de querer a alguien... en poder estar a su lado sin sentir que tienes que poseerlo.
Que pueda seguir soñando sus propios sueños, que pueda necesitar estar sola, que pueda cambiar... y que tú puedas cambiar también sin que eso signifique dejar de quererse.
Me gusta pensar que el amor debería sentirse más como un lugar al que podemos volver... que como un sitio del que tenemos miedo de que nos echen.
Y también pienso que hay veces en las que querer mucho no es suficiente para que una historia continúe.
Hay personas a las que seguimos queriendo incluso cuando sabemos que ya no podemos seguir caminando juntos.
Y eso duele...
Pero quizá también sea amor aceptar que no todo lo que queremos está destinado a quedarse.
A veces hay que soltar una mano que todavía nos gustaría seguir agarrando.
No porque haya dejado de importar...
Sino porque hay momentos en los que seguir juntos empieza a hacernos más daño que querernos desde lejos.
Y qué difícil es aceptar eso.
Porque nos han enseñado que cuando existe amor hay que luchar hasta el final...
Y quizá no siempre.
Quizá algunas veces amar también es saber cuándo dejar de luchar.
Y, sobre todo... no dejar de querernos a nosotros mismos por conseguir que alguien se quede.
Porque por mucho que amemos a una persona...
Nunca debería costarnos nuestra propia paz.
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