…la ironía más grande del mundo
es que, muchas veces, las mejores personas
son las que tienen menos amigos.
No porque no sepan amar,
sino porque no saben fingir.
Son personas reales, transparentes, auténticas,
de esas que no adornan la verdad
ni se acomodan para encajar.
No viven pendientes del “qué dirán”,
ni cambian de opinión para agradar.
Y eso, en un mundo lleno de máscaras,
tiene un precio.
Porque la sinceridad incomoda,
la coherencia estorba
y la verdad aleja a quienes solo buscan conveniencia.
Un ser hipócrita, en cambio,
suele rodearse de muchos “amigos”,
igualmente vacíos, igualmente falsos.
Risas fáciles, lealtades frágiles,
vínculos que existen mientras haya beneficio.
Y eso… eso resulta mucho peor que estar solo.
Tener muchos amigos no siempre significa
que seas una persona genial.
A veces solo significa que te olvidaste de ti,
que te adaptaste, que te callaste,
que te rompiste un poco para gustar.
Y eso no es carisma,
es miedo a no ser aceptado.
La soledad, cuando es honesta,
duele menos que la compañía falsa.
Y quien aprende a estar consigo mismo
no necesita multitudes para sentirse valioso.
Porque al final,
vale más tener pocos amigos reales
que muchos nombres
que no estarían cuando más los necesitas.
La autenticidad no llena salas,
pero llena el alma.
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