Hay personas que hablan sin pensar, hieren sin medir y después pretenden arreglarlo todo con un simple «yo no quería decir eso». Pues no, querida. Las palabras no desaparecen porque a quien las pronunció le convenga olvidarlas. Se quedan, se clavan en la memoria y, a veces, cambian para siempre la forma en que alguien te mira. Porque hay heridas que no se ven, pero tampoco se olvidan.
La lengua no tiene huesos, pero puede destrozar una confianza, romper un vínculo y echar por tierra años de cariño en cuestión de segundos. También puede levantar a quien está hundido, devolver esperanza y acariciar el alma sin tocarla. Por eso conviene pensar antes de hablar: no todo lo que se te pasa por la cabeza merece salir por tu boca, y no toda crueldad puede disfrazarse después de sinceridad.
Y cuando aprendes lo que algunas personas son capaces de decirte, llega un momento en que dejas de discutir, de justificarte y de intentar que comprendan el daño que hicieron. Guardas silencio, tomas distancia y sigues tu camino. No porque no tengas nada que decir, sino porque ya has entendido que hay personas que no merecen ni una explicación más.
PORQUE UNA PALABRA PUEDE ROMPERTE UN INSTANTE, PERO TU SILENCIO PUEDE SER LA RESPUESTA DEFINITIVA A QUIEN NUNCA SUPO MEDIR LAS SUYAS.
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