PRIMERO MUERTA
Primero muerta que arrodillada, porque a mí no me doblega ni la vida ni la lengua venenosa de nadie. He aprendido a levantarme tantas veces que ya hasta caigo con estilo.
Que hablen, que opinen, que inventen… total, todos son santos cuando señalan pecados ajenos, pero callan los suyos como si Dios no tuviera vista.
Y sí, solo Dios puede juzgarme, porque si el juicio dependiera de la gente, ya me habrían condenado por existir. Pero aquí sigo: firme, digna y con la corona bien puesta.
He aprendido —y bien— que tengo derecho a defender el lugar que ocupo y la persona que soy.
Y que jamás voy a encogerme para que otros se sientan grandes.
No nací para complacer, nací para existir con fuerza, y punto.
He aprendido que tener criterio propio no es un lujo: es un arma.
Y que mis espacios no son tierra abierta para invasores ni refugio para depredadores.
El que entre sin permiso, que asuma las consecuencias.
He aprendido que decir “no estoy de acuerdo” no es conflicto: es dignidad.
Y que poner límites no me hace dura… me hace libre.
Porque ya no tiemblo ante nada: tengo el coraje de ser exactamente quien soy,
y eso, cariño, no se negocia.
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