Hay personas que han pasado por tanto que, sin darse cuenta, arrastran un “defecto” no saben fingir. Sienten de verdad, lo dicen, miran a los ojos y no entienden de máscaras. Cuando pienso en eso, inevitablemente me reconozco, porque quizá esa verdad incómoda también forma parte de quien soy.
He llorado cuando dolía, he reído cuando el alma lo pedía, me he enfadado y también he sabido pedir calma. A veces me he protegido alejándome incluso de lo que me gustaba, porque comprendí que no todo lo que atrae conviene, nunca he sabido quedarme donde se huye ante la primera dificultad, quizá porque sé lo que cuesta reconstruirse cuando te rompen sin cuidado.
He sido intensa algunas veces y demasiado prudente otras, he cerrado puertas dando un portazo cuando ya no quedaba respeto, y he dejado algunas entreabiertas por si el tiempo sabía algo que yo aún no. He escrito palabras llenas de amor con el corazón desnudo y también he sabido decir adiós sin alargar lo que ya no era verdad.
No siempre he acertado, estoy hecha de contradicciones, de heridas que enseñan, de aprendizajes que duelen y de una sensibilidad que no siempre encaja en este mundo tan rápido. Pero todo nace de ahí: de sentir de verdad, de no jugar con lo que toca el alma. Y sí, tengo defectos, pero también una lealtad profunda a lo que soy. No siempre encajo, no siempre soy fácil, pero soy real... tanto, que a veces pienso que si yo fuera hombre, yo misma sería la mujer perfecta para mí, porque sé amar, sé irme cuando toca y nunca traiciono lo que siento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario