A veces pienso que estar sola no tiene nada que ver con que falten opciones, opciones hay, personas guapas, dinero... Pero todo eso son solo pluses y una ya no se conforma. No es orgullo, ni frialdad, es haber aprendido a estar en calma y no querer romperla por cualquiera. Cuando te acostumbras a vivir en paz, empiezas a mirar distinto a quien entra en tu vida.
Con el tiempo dejas de buscar brillo y empiezas a buscar profundidad, madurez emocional, coherencia, alguien que sepa hablar sin huir, que entienda lo que sientes y lo que provoca, que no se asuste cuando la conversación se pone incómoda. Porque lo físico atrae, sí, pero lo que sostiene es otra cosa, y eso no abunda, no es tan común.
Muchas personas estamos solas por decisión, no por falta de amor alrededor, porque hemos aprendido a estar en paz con nosotras mismas. Y cuando conoces esa paz, ya no quieres cambiarla por vínculos vacíos o a medias, ni llenar silencios con cualquiera, porque estar sola no pesa tanto como compartir espacio con alguien que no cuida, no entiende o no está a la altura de lo que tú ya te das. Por eso se aprende a elegir despacio, e incluso a no elegir.
En un mundo que corre, que aparenta y que confunde valor con precio, a veces estar sola es el acto más consciente y más sano. No es aislamiento, es elección y no es soledad, es respeto propio... Al final la pregunta no es por qué hay tantas personas solas, sino cuántas están realmente preparadas para compartir una vida con alguien que ya aprendió a no necesitar, sino a elegir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario