2026/02/01

EL DEMONIO DEL ESTRÉS

 EL DEMONIO DEL ESTRÉS

No tiene templo.


No tiene nombre en lenguas antiguas.

No exige rezos ni sacrificios.

Aun así, nunca se va.


Lo llaman El Demonio del Estrés, y no aparece con fuego ni gritos. Llega en silencio, como una presión en el pecho, como un peso que no se ve pero dobla la espalda. Su forma es la de una mano gigantesca que desciende desde la oscuridad, sosteniendo una jaula de hierro oxidado. Dentro de ella no hay bestias… hay horas, pensamientos, obligaciones sin rostro.


El condenado de la imagen no fue elegido por maldad. Fue elegido por resistencia. Era de los que aguantan. De los que dicen “puedo con esto” una vez más. El demonio ama a esos.


Cada noche, cuando la luna se vuelve opaca, la jaula baja un centímetro más. No aprisiona el cuerpo, sino la respiración. Los barrotes están hechos de plazos, de culpas, de expectativas ajenas. Cada clavo es un “todavía falta”.


El ser arrodillado empuja una piedra circular grabada con símbolos antiguos: relojes sin agujas, listas interminables, rostros que juzgan sin hablar. Esa piedra no bloquea una tumba… sella la salida. Porque el Demonio del Estrés no mata: encierra.


Dicen que, si miras de cerca, el demonio no tiene rostro. Usa el tuyo. Usa tu voz. Te susurra con palabras familiares:

Apúrate.

No es suficiente.

Mañana será peor.


Y lo más aterrador no es la jaula suspendida sobre la cabeza, ni la postura quebrada del cuerpo. Lo más aterrador es que nadie más ve al demonio. Desde fuera, el condenado parece normal. Funcional. Vivo.

Pero por dentro, cada latido es un golpe de hierro.

Cada pensamiento, un barrotes que se cierran.


Cuando finalmente la jaula toca la cabeza, no hay grito. Solo un silencio denso. El Demonio del Estrés se retira entonces, satisfecho, porque sabe algo que nadie más entiende:

No necesita cadenas eternas.


Le basta con que olvides cómo era respirar sin peso.

Y así continúa su obra, invisible, paciente…

esperando a que alguien más diga, una vez más:

“Puedo con esto.”



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