A veces pienso que nos pasamos la vida esperando que ocurra algo especial.
Un viaje, una celebración, una noticia que nos cambie los planes, una fecha que llevamos meses esperando. Y mientras tanto, los días normales se nos escapan sin que les prestemos demasiada atención.
Una comida cualquiera. Una tarde en casa. Una conversación que se alarga más de lo previsto. Una persona que te cuenta algo y tú te quedas escuchando, sin mirar el reloj.
No parece que esté ocurriendo nada extraordinario.
Pero después pasan los años y son precisamente esas cosas las que aparecen en la memoria.
No recuerdas cada día que tuviste. No recuerdas todas las veces que hiciste la compra, recogiste la casa o contestaste mensajes.
Pero quizá recuerdas aquella tarde en la que alguien se quedó contigo cuando no estabas bien. La risa que os entró por una tontería. La última vez que compartiste una costumbre con alguien sin saber que sería la última.
Y entonces entiendes que la vida no estaba ocurriendo únicamente en los grandes acontecimientos.
También estaba ahí.
En lo que parecía demasiado normal como para detenerse a mirarlo.
No se trata de vivir con miedo a que todo termine. Ni de intentar convertir cada momento en un recuerdo inolvidable.
Eso sería agotador.
Se trata, quizá, de estar un poco más presentes en lo que ya tenemos.
Porque hay días que no parecen importantes mientras los vivimos.
Y, sin embargo, algún día podríamos echarlos de menos.
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