Hay días en los que lo único que quiero es que nadie me pregunte cómo estoy.
No porque esté mal... Ni porque quiera estar sola de los demás.
Simplemente porque llevo todo el día contestando.
Contestando mensajes, llamadas, preguntas, explicando cosas, escuchando a otros... y llega un momento en el que mi alma solo quiere silencio.
Ni siquiera música... Ni televisión de fondo... Nada.
Solo quitarme los zapatos, dejar las cosas en cualquier sitio, prepararme un café y sentarme un rato sin tener que ser nada para nadie.
Y entonces entiendo que la soledad no siempre es echar de menos a alguien.
A veces es necesitar dejar de estar disponible.
Qué raro suena cuando lo dices así... Pero qué bien se siente.
Porque hay días en los que no quiero conversaciones profundas, ni planes, ni respuestas.
Quiero mirar por la ventana... Pensar en cualquier cosa... O en nada.
Dejar que mi cabeza vaya donde quiera sin tener que llevarla de vuelta a ningún sitio.
Creo que el alma también se cansa de estar pendiente de todo.
Y quizá necesita momentos en los que no ocurra absolutamente nada.
Momentos que no sirven para nada... Que no producen nada... Que no se fotografían... Que no se cuentan.
Y, sin embargo, cuando terminan, sientes que te han devuelto un poquito de ti.
Quizá por eso ahora entiendo mejor esas tardes en las que parece que no has hecho nada y, sin embargo, has descansado más que en todo el día.
Porque no siempre necesitamos que nos pase algo.
A veces necesitamos que, durante un rato... no nos pase absolutamente nada.
Y qué maravilla cuando una aprende que también ahí... puede estar bien.
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